Tokio, día 5 del viaje

1 de Enero de 2009

Estoy en un Starbucks, me apetecía un café estilo occidental y algo del confort que te da moverte en un sitio conocido. Me he traido el portátil y aprovecho para actualizar, que si no se evaporan los recuerdos.

Ahora mismo vengo del templo en el barrio de Asakusa, que es donde está mi hotel. He tenido suerte porque es el único barriodonde las tiendas y los restaurantes abren hoy y mañana, que resultan ser los días superfestivos japoneses.

Estos días la gente va a al templo a rezar y pedir que se cumplan sus deseos para 2009. La cosa funciona del siguiente modo: te acercas al templo y si hay campana o gong tocas, si no lo hay das dos palmadas (para advertir de tu presencia) y luego juntas las manos rezando. Si hay incienso quemando también puedes “impregnarte” antes, así te depuras. En otros templos no es incienso sino agua. Y ya sabemos para que sirve eso en casi todas las religiones: purificación previa, abluciones, etc.

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Alrededor del templo está lleno de casetas de souvenirs, comida típica que hacen allí mismo y cosas tradicionales (kimonos, juguetes, porcelana y adornos festivos). Espero poder comprar algo entre mañana y pasado. Lo malo es que hay tantas cosas que me abrumo y no sé qué elegir. Mañana tendré compañía japonesa que espero que me ayude con información para decidir mejor.

El día 29 de diciembre de 2008 fue un día muy especial. Conocí a Chie, que me esperaba en la puerta del hotel a las 12 del mediodía. Yo le llevé regalos de Macla y mios (embutidos ibéricos de los del club del gourmet, sablazo). Me llevó a comer a un restaurante por la zona del parque Ueno, cerquita. Comimos sushi con arroz y sopa miso, un clásico que siempre funciona. La curiosidad del sitio era que todo el sushi con el arroz y las algas se servía en un bol considerable. Si eras capaz de comerte cinco boles en 15 minutos, la casa pagaba.

Tras comer dimos un paseo delicioso por el parque Ueno, que en primavera se llena de gente para celebrar el Sakura (los cerezos en flor) y, segun Chie, mucha gente se emborracha, acaba tirada por los suelos y es un poco lamentable. ¿Por qué me suenan esas cosas?

En el parque hay varios templos y templetes y Chie me enseñó cómo funcionaba el asunto. Lo curioso es que ella, como muchos japoneses, asistió a una guardería católica y está familiarizada con la liturgia católica occidental. Ninguno de los dos somos religiosos, pero rezamos por que a ella le tocase la lotería ;)

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Y después tren monorail y visita a la futurista isla de Odaiba. Vistas de la ciudad maravillosas, paseo interesante, subida a una supernoria y relax.

 
En este video se ve Tokyo desde la noria de Odaiba

Y cuando yo creía que Chie estaría cansada de mi y de mis preguntas va y me dice que toca comer brochetas en la calle del Yakitori. Oh yeah!

Lo fantástico de ir con lugareños es que te meten en sitios en los que jamás entrarías tu: garitos humeantes donde se mezclan japoneses de dudoso aspecto con “Salaryman” trajeados para comer brochetas de casi todo lo imaginable, beber sake o similares y dudar si ir a dormir a casa esa noche o volver a la oficina.

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4 cervezas Asahi después (o 3 vasos de sake de patata de Chie), un poco chispados, decidimos ir a una zona de marcha a tomarnos unas cuantas. Menudo día… un no parar. A donde fuimos? A Roppongi Hills, el distrito de los negocios internacionales, lleno de occidentales ligando con japonesas, clubs pijos y rascacielos. A esas alturas mi inglés empeoraba y mi japonés mejoraba mientras que el de Chie iba al revés. Es lo que tienen las copas a 5 euros al cambio.

La mañana del 30 fue de resaca y poco más. Por la tarde fui a Akihabara, el distrito tecnológico, lleno de tiendas de cacharritos, gadgets y demás. Impresionante, sí, pero menos de lo que me esperaba. Será la globalización, que nos tiene a todos al día de todo y ya nada nos sorprende como antes. Vi ideas de regalos para mis clientes y me compré un casio de esos obscenos que tiene barómetro, altímetro, termómetro y todo lo -metro que te puedas imaginar.

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Día 31 de diciembre: Shibuya, el barrio de las compras, los love hotels (todo me pareció tranquilito), los cruces de calles espectaculares y los neones, las teles gigantes, etc. Shibuya es el caos comercial, es luces, ruido, música, tiendas… Compré unas cosillas, no demasiadas, y vuelta al hotel rápido para prepararme para la nochevieja.

Mosburger. Así se llama la versión japonesa de una hamburguesería. Yo había leido que era el sabor nacional aplicado al concepto occidental de hamburguesa. Eso de adaptar cosas al gusto local es muy de aquí. A mi me parecieron reguleras. Para qué voy a callármelo.

Por cierto, mientras escribo esto en el Starbucks, tengo a una chica con el kimono tradicional sentada delante. No es la primera que veo hoy, debe ser costumbre. Esta es muy mona. Le he sacado una foto de estrangis. Luego le juraré amor eterno y le pediré matrimonio. Ah, no! Va acompañada. Lástima.

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Por dónde iba? Ah, sí, la hamburguesa! Mi plan era ir después a un templo budista donde iban a hacer una ceremonia quemando unos troncos y tal, pero iba corto de tiempo y largo de cansancio, así que me salté la liturgia y me fui a Roppongi de marcha a comerme las uvas o lo que fuera.

Y mis campanadas fueron patéticas. Muy patéticas.

Calculé mal, el metro me llevó más tiempo del previsto y las campanadas por poco me pillan dentro de un vagón. Bueno, creo que en realidad eso hubiera tenido hasta gracia. Me pillaron saliendo de la estación de metro, que es aún más lamentable. Cuando llegue al garito que quería ya se estaban terminando el champán. Se saben pocos casos más lamentables que este. Creo que no debería ni contarlo.

El resto de la noche fue curioso, más de antropólogo que otra cosa: observando como los japos ligan con las japos, cómo los occidentales babean a las japos y cómo algunas japos babean a algunos occidentales. A mi no me apetecía ese juego, así que estuve un rato en modo tio apartado de todo, charlé un poquito con uno y con otra, pero sin buscar nada y me piré al hotel. Con la tontería ya eran las 4AM y me fui en taxi. 

Mi taxista hablaba inglés muy por encima de la media. Era de la isla más al sur de Japón, donde su familia tenía una granja. Vino a Tokyo a estudiar ingeniería agrónoma pero acabó trabajando en una empresa de componentes de coches (retrovisores, salpicaderos, etc.). Eso le dio algo de mundo, de lo que se sentía muy orgulloso. Ahora estaba jubilado y con sus tres hijos casados, pero quería seguir trabajando y por eso se dedicaba al taxi. Hablaba algo de español y conocía la “Sagurafemila”, que tras mucha explicación resultó ser la Sagrada Familia de Barcelona. Un tio encantador.

Por cierto, la foto no es mia, pero los taxistas de tokio tienen esta pinta:

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Esta noche he dormido 12 horas. Aquí duermo como un angel. No sé que será… Luego he averiguado dónde sacar pasta (la vida no es fácil para el usuario de VISA en Japón) y a la calle. El resto ya lo he contado al principio del post.

Dentro de un ratito iré a casa a ver si hago unas llamadas de feliz año. Menudo descontrol llevo con la diferencia horaria. Cada vez que quiero llamar es mala hora en España. Y cuando es buena hora en España o estoy durmiendo o estoy llegando, un poco tocadillo de los caldos locales pero suficientemente sobrio como para dejarlo para otro momento.

Mañana vuelvo a ver a Chie. Comeremos o algo y la invitaré a tomar algo en el bar del Hyatt, que es donde se rodó Lost in Translation. Chie no la ha visto. Alucinante. Voy a ver si la pillo antes de verla y se la regalo. Es LA película sobre japón para los no japoneses.

Por cierto, lo del síndrome Lost in Translation es cierto. Es amargamente agradable. Ocurre sólo a ratos, pero ocurre:

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