Algunos pensamientos post-nippon

Me hubiera quedado en Japón unas cuantas semanas más si no fuera porque echo de menos a mi hijo. Los japoneses son muy tímidos, pero no son hostiles. Y Tokyo, aún siendo una megalópolis de 23 millones de habitantes, es agradable,barata y muy vivible. Mucho más que Madrid.

Me he propuesto volver pronto, no se si será este año o no, pero Japón merece mucho más tiempo y además me apetece. Voy a ver si hay oportunidades de hacer algún proyecto por allí. Sería una pasada poder ir con todo el equipo.

Este año he viajado bastante: Roma – Copenhague – San Francisco – Tokyo. Ojalá todo el mundo pudiera hacer lo mismo porque se aprende mucho. Me da pena la gente que dice eso de que “como en España en ninguna parte”. Qué triste ver así el mundo.

Me queda una sensación amarga, como de desengaño con España: somos corruptos, maleducados, desastrosos, sucios y desagradables como en pocas partes del primer mundo. Y nos creemos la leche, el colmo de la calidad de vida. Ni siquiera en elegancia le ganamos a la mayor parte del primer mundo. Los japoneses (y sobre todo las japonesas) nos dan mil vueltas. Lo mismo el resto de europeos, incluyendo a los portugueses. Jo, está fatal decirlo pero somos como africanos con dinero europeo. A veces pienso que esto no tiene arreglo, que nunca cambiaremos y que mejor pirarse de España si se quiere otra cosa. Ay…

Qué pena me ha dado irme de Japón pero qué satisfecho estoy de haber ido. Cada vez estoy más convencido de que el mejor regalo, la mejor educación que le puedo dar a mi hijo no son másters sino viajes, muchos viajes. Que viva fuera, que aprenda idiomas, que vea mundo. Cuanto más ves el mundo más perspectiva ganas sobre todo: ves formas nuevas de hacer las cosas, se te abre la mente, le ves más posibilidades a todo.

Ahora voy a darme un paseo por Schipol y escuchar un poco de música. Lo que sea por tal de no quedarme dormido y perder el avion.

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Tokyo, séptimo día

Estoy sentado en el ala más apartada del aeropuerto de Ámsterdam. Schipol, ese que es el mejor señalizado del mundo. Me quedan 3 horas por delante de espera hasta que salga mi vuelo a Madrid. En la semana que he estado en Tokyo no he visto una sola nube. Aquí esta anocheciendo y llueve mucho. Las pistas están empapadas y los aviones se reflejan en ellas. No dudo de que los holandeses saben gestionar bien eso.

Me ha sorprendido mucho ver cómo las medidas de seguridad de los aeropuertos de Tokyo son tan extremas o más que las de Europa pero el trato al pasajero es exquisito. Tienes que seguir quitándote el cinturón, descalzarte y todo lo demás, pero no es humillante ni mucho menos. Lo tienen muy bien organizado, con espacios confortables, sin colas y siempre con una sonrisa y una disculpa por delante. Llegas a Europa y cualquier segurata de segunda te restriega su supuesta autoridad tratandote a voces, como si los pasajeros fueran ganado.

Pero mejor me centro en lo agradable….

El viernes día 2 había vuelto a quedar con Chie. Quería comer con ella y despedirme porque el dia siguiente iba a ser un día de compras intenso. O eso creía yo.

Fuimos a comer a un sitio donde cada mesa tenía una parrilla en la que te cocinabas lo que te iban sirviendo. Todo riquísimo y bastante auténtico. Un detalle curioso de los sitios donde huele a comida es que sacan bolsas de plástico grandotas para que guardes tu abrigo y jersey y así no se impregne de olor a comida. De nuevo los detalles…

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Chie había traido un regalo de sus amigos para mi: un furoshiki, un pañuelo tradicional japonés que se anudaba para servir de atillo o de bolsa cuando no existían las mochilas y lo que había que llevar no cabía en los bolsillos de los kimonos. Aquí un video promocional japonés sobre el uso del Furoshiki y sus ventajas medioambientales:

Me encantó que tuvieran ese detalle conmigo. Son tímidos pero encantadores.

Tras comer nos fuimos a la Tokyo Tower, que es una versión japonesa y en rojo anaranjado de la Torre Eiffel. Yo quería una vista de la ciudad en 360º y tenía tres alternativas: la Tokyo Tower, el edificio del Ayuntamiento o tomarme una copa en la cafetería del Park Hyatt, donde se rodó Lost in Translation. Cualquiera me valía y como Chie es fan de la torre pues para allá fuimos. Y cómo me gustó! Hasta donde te alcanza la vista, en cualquier dirección, hay luces, rascacielos y balizas rojas parpadeantes. Es como de ciencia ficción.

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Si en Europa todos los caminos conducen a Roma, en Tokyo acabas siempre en Shibuya… Ya había estado pero nos apetecía un paseo con cosas que ver y nos acercamos para allá. Ya lo he comentado, Shibuya es todo neones, tiendas, jóvenes y adolescentes por todas partes con pintas modernas, clubes y un poquito de locura. Mola mucho.

Chie me contó que cuando estaba en secundaria solían ir a Shibuya a pasar las tardes hablando con los amigos y fumando cigarros en cualquier esquina. También me contó que era habitual que algunas amigas suyas se metieran a putillas para poder pagarse bolsos de marca o algo de cocaina. Algo muy normal, lo de la prositución juvenil transitoria, por lo visto.

Cenamos en un sitio de comida japonesa picante (la hay!) y nos tomamos unas cuantas en un pub inglés muy particular: copas perfectamente servidas a 6000 yen (unos 4 euros), The Clash sonando y el sitio hasta arriba. A nuestra derecha estaba una mesa de universitarios japoneses zumbándose chupitos hasta caerse al suelo. Eran estudiantes de medicina. Según Chie en breve la salud de los japoneses estaría en las manos de esos borrachines. A mi me parecieron muy simpáticos. A nuestra izquierda una mesa de brasileños ruidosos y divertidos que se medían a pulsos con otros japoneses de esos grandotes y coreaban el fútbol de la TV (jugaba el Barça). Todo el mundo simpático, con ganas de hablar y muy agradable con “el español”. A mi el sitio me recordaba a la StarWars cantina.

El día siguiente lo dediqué a comprar. Fui a Ginza, que se supone que es el distrito de las tiendas y las compras, pero me sirvió de poco: todo eran tiendas de firmas internacionales de lujo. Todo salvo Zara, jaja… Vi dos Zaras, uno en Shibuya y otro en Ginza. Aparentemente para ellos también es ropa aceptable a precios bajos.

Como Ginza no daba mucho de si me fui a Omotesando, que es un distrito con una zona de tiendas indies muy pero que muy chulas.

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En ese punto empecé a mosquearme: se me había terminado el crédito de la tarjeta extrañamente, la tienda de MUJI a la que quería ir apenas tenía nada y la de Plusminuszero (donde vende sus productos Naoto Fukusawa) estaba cerrada. Mierda! Para colmo no paraba de ver abrigos y chaquetas ideales para mi pero en ningún sitio tenían mi talla (una XL para los estándares japoneses). Al menos pude comprar alguna cosilla para mi familia, pero no mucho.

Después paseo por el barrio y al hotel a hacer las maletas (traje una, me vuelvo con dos).

El resto es imaginable: esta mañana he madrugado y me he plantado en el aeropuerto de narita, que tampoco anda sobrado de tiendas de regalos más allá de las boutiques exclusivas. Mira que son pijos los japos!

Hoy es día de aviones. Espero llegar a Barajas a las 23:30. Qué pereza!

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Tokio, día 5 del viaje

1 de Enero de 2009

Estoy en un Starbucks, me apetecía un café estilo occidental y algo del confort que te da moverte en un sitio conocido. Me he traido el portátil y aprovecho para actualizar, que si no se evaporan los recuerdos.

Ahora mismo vengo del templo en el barrio de Asakusa, que es donde está mi hotel. He tenido suerte porque es el único barriodonde las tiendas y los restaurantes abren hoy y mañana, que resultan ser los días superfestivos japoneses.

Estos días la gente va a al templo a rezar y pedir que se cumplan sus deseos para 2009. La cosa funciona del siguiente modo: te acercas al templo y si hay campana o gong tocas, si no lo hay das dos palmadas (para advertir de tu presencia) y luego juntas las manos rezando. Si hay incienso quemando también puedes “impregnarte” antes, así te depuras. En otros templos no es incienso sino agua. Y ya sabemos para que sirve eso en casi todas las religiones: purificación previa, abluciones, etc.

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Alrededor del templo está lleno de casetas de souvenirs, comida típica que hacen allí mismo y cosas tradicionales (kimonos, juguetes, porcelana y adornos festivos). Espero poder comprar algo entre mañana y pasado. Lo malo es que hay tantas cosas que me abrumo y no sé qué elegir. Mañana tendré compañía japonesa que espero que me ayude con información para decidir mejor.

El día 29 de diciembre de 2008 fue un día muy especial. Conocí a Chie, que me esperaba en la puerta del hotel a las 12 del mediodía. Yo le llevé regalos de Macla y mios (embutidos ibéricos de los del club del gourmet, sablazo). Me llevó a comer a un restaurante por la zona del parque Ueno, cerquita. Comimos sushi con arroz y sopa miso, un clásico que siempre funciona. La curiosidad del sitio era que todo el sushi con el arroz y las algas se servía en un bol considerable. Si eras capaz de comerte cinco boles en 15 minutos, la casa pagaba.

Tras comer dimos un paseo delicioso por el parque Ueno, que en primavera se llena de gente para celebrar el Sakura (los cerezos en flor) y, segun Chie, mucha gente se emborracha, acaba tirada por los suelos y es un poco lamentable. ¿Por qué me suenan esas cosas?

En el parque hay varios templos y templetes y Chie me enseñó cómo funcionaba el asunto. Lo curioso es que ella, como muchos japoneses, asistió a una guardería católica y está familiarizada con la liturgia católica occidental. Ninguno de los dos somos religiosos, pero rezamos por que a ella le tocase la lotería ;)

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Y después tren monorail y visita a la futurista isla de Odaiba. Vistas de la ciudad maravillosas, paseo interesante, subida a una supernoria y relax.

 
En este video se ve Tokyo desde la noria de Odaiba

Y cuando yo creía que Chie estaría cansada de mi y de mis preguntas va y me dice que toca comer brochetas en la calle del Yakitori. Oh yeah!

Lo fantástico de ir con lugareños es que te meten en sitios en los que jamás entrarías tu: garitos humeantes donde se mezclan japoneses de dudoso aspecto con “Salaryman” trajeados para comer brochetas de casi todo lo imaginable, beber sake o similares y dudar si ir a dormir a casa esa noche o volver a la oficina.

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4 cervezas Asahi después (o 3 vasos de sake de patata de Chie), un poco chispados, decidimos ir a una zona de marcha a tomarnos unas cuantas. Menudo día… un no parar. A donde fuimos? A Roppongi Hills, el distrito de los negocios internacionales, lleno de occidentales ligando con japonesas, clubs pijos y rascacielos. A esas alturas mi inglés empeoraba y mi japonés mejoraba mientras que el de Chie iba al revés. Es lo que tienen las copas a 5 euros al cambio.

La mañana del 30 fue de resaca y poco más. Por la tarde fui a Akihabara, el distrito tecnológico, lleno de tiendas de cacharritos, gadgets y demás. Impresionante, sí, pero menos de lo que me esperaba. Será la globalización, que nos tiene a todos al día de todo y ya nada nos sorprende como antes. Vi ideas de regalos para mis clientes y me compré un casio de esos obscenos que tiene barómetro, altímetro, termómetro y todo lo -metro que te puedas imaginar.

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Día 31 de diciembre: Shibuya, el barrio de las compras, los love hotels (todo me pareció tranquilito), los cruces de calles espectaculares y los neones, las teles gigantes, etc. Shibuya es el caos comercial, es luces, ruido, música, tiendas… Compré unas cosillas, no demasiadas, y vuelta al hotel rápido para prepararme para la nochevieja.

Mosburger. Así se llama la versión japonesa de una hamburguesería. Yo había leido que era el sabor nacional aplicado al concepto occidental de hamburguesa. Eso de adaptar cosas al gusto local es muy de aquí. A mi me parecieron reguleras. Para qué voy a callármelo.

Por cierto, mientras escribo esto en el Starbucks, tengo a una chica con el kimono tradicional sentada delante. No es la primera que veo hoy, debe ser costumbre. Esta es muy mona. Le he sacado una foto de estrangis. Luego le juraré amor eterno y le pediré matrimonio. Ah, no! Va acompañada. Lástima.

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Por dónde iba? Ah, sí, la hamburguesa! Mi plan era ir después a un templo budista donde iban a hacer una ceremonia quemando unos troncos y tal, pero iba corto de tiempo y largo de cansancio, así que me salté la liturgia y me fui a Roppongi de marcha a comerme las uvas o lo que fuera.

Y mis campanadas fueron patéticas. Muy patéticas.

Calculé mal, el metro me llevó más tiempo del previsto y las campanadas por poco me pillan dentro de un vagón. Bueno, creo que en realidad eso hubiera tenido hasta gracia. Me pillaron saliendo de la estación de metro, que es aún más lamentable. Cuando llegue al garito que quería ya se estaban terminando el champán. Se saben pocos casos más lamentables que este. Creo que no debería ni contarlo.

El resto de la noche fue curioso, más de antropólogo que otra cosa: observando como los japos ligan con las japos, cómo los occidentales babean a las japos y cómo algunas japos babean a algunos occidentales. A mi no me apetecía ese juego, así que estuve un rato en modo tio apartado de todo, charlé un poquito con uno y con otra, pero sin buscar nada y me piré al hotel. Con la tontería ya eran las 4AM y me fui en taxi. 

Mi taxista hablaba inglés muy por encima de la media. Era de la isla más al sur de Japón, donde su familia tenía una granja. Vino a Tokyo a estudiar ingeniería agrónoma pero acabó trabajando en una empresa de componentes de coches (retrovisores, salpicaderos, etc.). Eso le dio algo de mundo, de lo que se sentía muy orgulloso. Ahora estaba jubilado y con sus tres hijos casados, pero quería seguir trabajando y por eso se dedicaba al taxi. Hablaba algo de español y conocía la “Sagurafemila”, que tras mucha explicación resultó ser la Sagrada Familia de Barcelona. Un tio encantador.

Por cierto, la foto no es mia, pero los taxistas de tokio tienen esta pinta:

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Esta noche he dormido 12 horas. Aquí duermo como un angel. No sé que será… Luego he averiguado dónde sacar pasta (la vida no es fácil para el usuario de VISA en Japón) y a la calle. El resto ya lo he contado al principio del post.

Dentro de un ratito iré a casa a ver si hago unas llamadas de feliz año. Menudo descontrol llevo con la diferencia horaria. Cada vez que quiero llamar es mala hora en España. Y cuando es buena hora en España o estoy durmiendo o estoy llegando, un poco tocadillo de los caldos locales pero suficientemente sobrio como para dejarlo para otro momento.

Mañana vuelvo a ver a Chie. Comeremos o algo y la invitaré a tomar algo en el bar del Hyatt, que es donde se rodó Lost in Translation. Chie no la ha visto. Alucinante. Voy a ver si la pillo antes de verla y se la regalo. Es LA película sobre japón para los no japoneses.

Por cierto, lo del síndrome Lost in Translation es cierto. Es amargamente agradable. Ocurre sólo a ratos, pero ocurre:

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Bye bye 2008 y gracias por todo

A mi, que me trae sin cuidado la crisis, me parece que el 2008 ha sido un año muy intenso, cargado de vivencias y con un final feliz. Estas son las cosas más importantes de mi año:

Mi relación con E terminó a principios de verano tras muchos años juntos. Eso, que a priori puede parecer triste, ha acabado siendo positivo. E y yo nos llevamos muy bien y estoy muy contento de que sea así. Satisfecho y sorprendido de lo bien que lo estamos haciendo todo. Nos vemos a menudo, cuidamos juntos de nuestro hijo y creo que ambos respetamos los caminos que cada uno ha decidido seguir. No puede ser de otra forma si hay amor, aunque sea de otro tipo. Creo que ahora los dos somos más felices. Ella empezando a construir algo nuevo y yo tanteando caminos, en “versión Extreme-Cañada” como dijo un amigo mío el otro día.

También estoy muy contento por cómo van las cosas con mi hijo. El está cada vez más guapo y más espabilado. Cuanto más inteligente y cariñoso se vuelve más me entra la tontería esa de padre orgulloso. Ser padre soltero en semanas alternas no se me está dando nada mal. Me aporta mucho equilibrio y me gusta cada vez más. Mis semanas con el pequeño terminan con alivio pero a los dos o tres días de no estar con el ya le echo muchísimo de menos. Ahora, en Japón, no hay día que no saque el iphone para ver fotos suyas. Yo creo que él es feliz y que vivir en dos casas no le está sentando nada mal. Ojalá siga igual de bien.

En lo profesional, que para mi también es importante, he pasado de ser un freelance a tener un estudio con gente alucinante y proyectos fantásticos por delante. Somos pocos y muy buenos. Justo lo que yo quería. Estoy superorgulloso. Además he viajado y trabajado con alguna de las empresas más importantes del mundo. Creo que este año que viene vamos a tener logros asombrosos y no dudo de que son capaces de lo mejor. Ojalá sepa estar a la altura que merece el equipo para que estén satisfechos de trabajar conmigo. Lo mejor de todo es que me lo paso muy bien con ellos. Siempre he dicho que la felicidad laboral se mide por cómo te sientes cuando sales de trabajar y cómo te sientes los domingos por la noche. Yo encantado. Y eso se refleja en cada una de las cosas que hacemos en el trabajo.

Mi familia sigue yendo bien, que es mucho decir después de los vaivenes de los últimos años. Ahora parece que hay estabilidad en todos los frentes. Como dicen los ingleses: “no news, good news”.

En lo más personal ha sido un año de exploración. He salido mucho, he crapuleado y he cerrado varias ciudades europeas en muchas noches. Tambien he retomado relaciones de amistad que tenía un poco dejadas de lado y he conocido a gente nueva que poco a poco voy queriendo de uno u otro modo. Es una sensación bonita: tu círculo de amigos se convierte en 3 o 4 círculos distintos, cada uno con gente de un tipo y todos tienen en común que te inspiran cosas buenas. Mejor imposible.

Hoy he tirado monedas en el templo de Asakusa y he orado a los dioses como todos los japoneses, aprovechando que nadie conocido me veía. No digo lo que he pedido no sea que no se cumpla, pero yo lo veo muy factible si todo sigue como hasta ahora.

Feliz 2009.

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Tokio, día 1

Tokio, siete de la mañana. El sol esta saliendo y se cuela entre las cortinas de mi minúscula pero cómoda habitación de hotel. Escribo en un escritorio pequeño en el que hay un teléfono, un set de te, un calentador de agua, un router y una TV plana de 14 pulgadas. Aquí todo es pequeño pero denso, lleno de funcionalidad. Bajo el escritorio hay una linterna de emergencia, se supone que debo meterme ahí en caso de terremoto.

Llegué ayer al mediodía al aeropuerto de Narita. Todo era silencio y zen. Hubiera jurado que la música ambiente era “Music for Airports” de Byran Eno. Como una película de ciencia ficción. Narita es el espacio público más silencioso que he visto en mucho tiempo, lleno de gente, pero todo el mundo en silencio, tapandose la boca si tenían que hablar por el móvil.

Llegar al hotel no fue excesivamente complicado. Me armé de valor y no pillé ni un solo taxi. Del aeropuerto a la ciudad en tren y de la estación al hotel en metro. En el tren grabé un par de videos para recordar cómo son las afueras de la ciudad, las casas, etc.

Sólo me ha dado tiempo de pasear por el barrio del hotel, Asakusa. Según las guías es un barrio normal, de gente normal, empresas normales y algunas tiendas tradicionales Recomendable para pasear sin rumbo y para comprar souvenirs. A mi me llamaron la atención dos cosas: apenas hay extranjeros y está lleno de sitios donde comer.

Me propuse cenar en un sitio “de japoneses” pero no fue difícil porque no había otra cosa. Al final opté por un restaurante pequeño y algo cutre, de esos humeantes y vaporosos donde sirven platos gigantes de sopa de fideos, empanadillas gyoza y cosas así. Esta fue mi cena:

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Los camareros no hablan inglés, por suerte son muy serviciales y suelen tener reproducciones en plástico de los platos que sirven. Es la mejor garantía para saber lo que vas a comer. Y también sirve para elegir de forma visual, cuando no te entiendes con el camarero. Este es un ejemplo de cómo lucen muchos restaurantes por fuera:

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Hay algo que me tiene desconcertado: nadie me mira por la calle, nadie se cruza una mirada conmigo, es como si lo evitasen. Mientras paseaba me propuse forzar un poco la situación a ver si era sólo una impresión mia o era cierto, durante un par de horas estuve mirando a la gente un poco descaradamente a ver si me devolvían la mirada. Nada. Sólo unas dos o tres personas me correspondieron. Y me extraña, porque a un guiri se le mira en todas partes. Tengo que averiguar si hay algo de costumbre o educación en todo eso.

Hoy a las 12h veo a Chie. Es una amiga de una amiga que vive en Berlín pero es de Tokyo y está aquí pasando las vacaciones. Ella me va a llevar de paseo por la ciudad, no sé muy bien dónde. Me preguntó que qué quería ver y le dije que me llevara a donde ella quisiera, a algún sitio que le guste especialmente. Tengo bastante curiosidad. Y visto el grado de interacción de los japoneses con los extranjeros (tirando a nulo) creo que puede estar bien hablar un rato con alguien. No tendré muchas oportunidades estos días.

Ahora a la ducha, a ver si se me quitan las ojeras y me desentumezco un poco, que el día va a ser largo.

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Mobylette Rural 90

Este post es un minirelato para una especie de recopilación que ha hecho alguien con las motos como temática. Es personal, tiene sentido que lo ponga aquí también:

Mi moto

Mi moto fue una Mobylette Rural 90, lo que en Mallorca llamábamos un “motoret” (el término moto estaba reservado a las de cross o de 74 cc. para arriba). Mi padre compró el Mobylette para repartir las cartas en el pueblo. Era el cartero y Correos le subvencionaba una parte. Cuando mi padre pidió la excedencia el Mobylette fue para mi.

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Esa motito me hizo sentir la libertad por primera vez en mi vida. Desde entonces, cuando evoco el concepto de libertad me imagino adolescente bajando del Monte de Randa a todo lo que daba la Mobylette, gritando y con los brazos en alto.

Yo no se cómo es para los demás, pero para mi la moto era algo social. Siempre cabalgado flanqueado por mi amigo Mesquida y mi amigo Collet. Mesquida llevaba una Cady; Collet era el único que no había heredado: tenía una Derby Variant que era lo más a lo que se podía aspirar en un momento y un pueblo como aquel. Las Variant eran más rápidas (eras un nenaza si no le cambiabas el escape por el obligatorio Biturbo), pero las Mobylette eran más resistentes. La mía, en concreto, era indestructible.

Una noche íbamos en fila india, Mesquida delante, yo en medio y Collet detrás. A Mesquida se le paró la Cady y yo giré la cabeza para ver qué pasaba. No miré hacia adelante y me rocé con Collet que también se había parado. Resultado: me di un tortazo de esos que te ves a cámara lenta al engancharme con la Variant de Collet. Su pedal acabó torcido y mi rueda cuadrada, amén de un faro hecho trizas y algún desperfecto más que se pudo arreglar a martillazos.

A los cinco minutos, pasadas las risas y con la sangre ya fría me di cuenta de que tenía un montón de asfalto incrustado en la mano, la camisa rota y rasguños por todo el cuerpo. Para que no se enterase mi padre hicimos una cura casera: agua oxigenada y venda en la mano. Eso no solo no curó sino que se me infectó y estuve yendo al hospital a que me hicieran curas durante un mes.

Ahora cada vez que me miro las cicatrices me acuerdo de esa Mobylette, pero no con resentimiento, sino con mucho cariño, nostaligia y una sonrisa de oreja a oreja.

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Balance de la semana

Cosas que han ido bien:

  • María ha aceptado trabajar en mi empresa
  • Los clientes están contentos con nosotros y yo con mi equipo
  • He salido todas las noches y todas lo he pasado fenomenal
  • He conocido a dos o tres personas interesantes
  • Voy a ser socio de un proyecto empresarial nuevo y bonito a rabiar
  • Mi hijo ya se ha recuperado de su catarro-gastroenteritis
  • Mi hijo identifica y señala todas las cosas que le digas, en castellano o en catalán
  • Mi padre parece que se recupera de un problemón médico
  • He pasado buenos ratos con buenos amigos

Cosas que han ido mal:

  • Ha hecho un frio endemoniado
  • He estado medio acatarrado

Balance: 95% positivo!!

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