Tokyo, séptimo día

Estoy sentado en el ala más apartada del aeropuerto de Ámsterdam. Schipol, ese que es el mejor señalizado del mundo. Me quedan 3 horas por delante de espera hasta que salga mi vuelo a Madrid. En la semana que he estado en Tokyo no he visto una sola nube. Aquí esta anocheciendo y llueve mucho. Las pistas están empapadas y los aviones se reflejan en ellas. No dudo de que los holandeses saben gestionar bien eso.

Me ha sorprendido mucho ver cómo las medidas de seguridad de los aeropuertos de Tokyo son tan extremas o más que las de Europa pero el trato al pasajero es exquisito. Tienes que seguir quitándote el cinturón, descalzarte y todo lo demás, pero no es humillante ni mucho menos. Lo tienen muy bien organizado, con espacios confortables, sin colas y siempre con una sonrisa y una disculpa por delante. Llegas a Europa y cualquier segurata de segunda te restriega su supuesta autoridad tratandote a voces, como si los pasajeros fueran ganado.

Pero mejor me centro en lo agradable….

El viernes día 2 había vuelto a quedar con Chie. Quería comer con ella y despedirme porque el dia siguiente iba a ser un día de compras intenso. O eso creía yo.

Fuimos a comer a un sitio donde cada mesa tenía una parrilla en la que te cocinabas lo que te iban sirviendo. Todo riquísimo y bastante auténtico. Un detalle curioso de los sitios donde huele a comida es que sacan bolsas de plástico grandotas para que guardes tu abrigo y jersey y así no se impregne de olor a comida. De nuevo los detalles…

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Chie había traido un regalo de sus amigos para mi: un furoshiki, un pañuelo tradicional japonés que se anudaba para servir de atillo o de bolsa cuando no existían las mochilas y lo que había que llevar no cabía en los bolsillos de los kimonos. Aquí un video promocional japonés sobre el uso del Furoshiki y sus ventajas medioambientales:

Me encantó que tuvieran ese detalle conmigo. Son tímidos pero encantadores.

Tras comer nos fuimos a la Tokyo Tower, que es una versión japonesa y en rojo anaranjado de la Torre Eiffel. Yo quería una vista de la ciudad en 360º y tenía tres alternativas: la Tokyo Tower, el edificio del Ayuntamiento o tomarme una copa en la cafetería del Park Hyatt, donde se rodó Lost in Translation. Cualquiera me valía y como Chie es fan de la torre pues para allá fuimos. Y cómo me gustó! Hasta donde te alcanza la vista, en cualquier dirección, hay luces, rascacielos y balizas rojas parpadeantes. Es como de ciencia ficción.

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Si en Europa todos los caminos conducen a Roma, en Tokyo acabas siempre en Shibuya… Ya había estado pero nos apetecía un paseo con cosas que ver y nos acercamos para allá. Ya lo he comentado, Shibuya es todo neones, tiendas, jóvenes y adolescentes por todas partes con pintas modernas, clubes y un poquito de locura. Mola mucho.

Chie me contó que cuando estaba en secundaria solían ir a Shibuya a pasar las tardes hablando con los amigos y fumando cigarros en cualquier esquina. También me contó que era habitual que algunas amigas suyas se metieran a putillas para poder pagarse bolsos de marca o algo de cocaina. Algo muy normal, lo de la prositución juvenil transitoria, por lo visto.

Cenamos en un sitio de comida japonesa picante (la hay!) y nos tomamos unas cuantas en un pub inglés muy particular: copas perfectamente servidas a 6000 yen (unos 4 euros), The Clash sonando y el sitio hasta arriba. A nuestra derecha estaba una mesa de universitarios japoneses zumbándose chupitos hasta caerse al suelo. Eran estudiantes de medicina. Según Chie en breve la salud de los japoneses estaría en las manos de esos borrachines. A mi me parecieron muy simpáticos. A nuestra izquierda una mesa de brasileños ruidosos y divertidos que se medían a pulsos con otros japoneses de esos grandotes y coreaban el fútbol de la TV (jugaba el Barça). Todo el mundo simpático, con ganas de hablar y muy agradable con “el español”. A mi el sitio me recordaba a la StarWars cantina.

El día siguiente lo dediqué a comprar. Fui a Ginza, que se supone que es el distrito de las tiendas y las compras, pero me sirvió de poco: todo eran tiendas de firmas internacionales de lujo. Todo salvo Zara, jaja… Vi dos Zaras, uno en Shibuya y otro en Ginza. Aparentemente para ellos también es ropa aceptable a precios bajos.

Como Ginza no daba mucho de si me fui a Omotesando, que es un distrito con una zona de tiendas indies muy pero que muy chulas.

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En ese punto empecé a mosquearme: se me había terminado el crédito de la tarjeta extrañamente, la tienda de MUJI a la que quería ir apenas tenía nada y la de Plusminuszero (donde vende sus productos Naoto Fukusawa) estaba cerrada. Mierda! Para colmo no paraba de ver abrigos y chaquetas ideales para mi pero en ningún sitio tenían mi talla (una XL para los estándares japoneses). Al menos pude comprar alguna cosilla para mi familia, pero no mucho.

Después paseo por el barrio y al hotel a hacer las maletas (traje una, me vuelvo con dos).

El resto es imaginable: esta mañana he madrugado y me he plantado en el aeropuerto de narita, que tampoco anda sobrado de tiendas de regalos más allá de las boutiques exclusivas. Mira que son pijos los japos!

Hoy es día de aviones. Espero llegar a Barajas a las 23:30. Qué pereza!

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